La inmortalidad del gallo

Si uno se fija y no deja que la memoria y el hastío controlen la vista, se dará cuenta de que Luanda está llena de pollos. Gallinas marrones y coloridos gallos pululan de aquí para allá. Los ves salir de las ruedas de los 4x4 aparcados o entre el caos de ramas tras la poda de un árbol. La primera vez que los vi, a mi alma capitalista no se le ocurrió otra cosa que preguntarse, ¿de quién es ese gallo? En mi visión del mundo todo tiene un dueño, un amo, un poseedor. Ese animal es una posesión, un bien, un objeto, vale dinero. Miraba alrededor en busca de alguien que me mirase con recelo, como quien teme un robo, pero los ojos amarillos y vidriosos tenían otros intereses ajenos al ave y a mí.
Me he dado cuenta mas tarde de mi error. Nadie posee al gallo. Ese gallo solo tiene un dueño, ¡él mismo! Un día llegará alguien, lo alzará por el preciado cuello y abrirá un tajo color rubí en su pecho. Un día alguien lo matará pero no por ello será su dueño. La muerte no da propiedad a nadie de nada. El gallo será libre en su muerte como lo fue en vida. Comerán su carne y sus plumas perderán el color que atraía a mi pupila pero al día siguiente, Luanda seguirá llena de pollos libertarios.